Gorra visera calada, galgo de bastón y liebre bronceada en el capó y el inmenso horizonte como colofón. Cae la tarde en la estepa castellana y mientras escudriñas cada rincón de Los Villares en busca del bando de avutardas que cada día duerme en la Cuesta de la Culebra, recuerdas aquella carrera de hoy en la que la perra barcina y el macho barquillo no han podido con una de tus liebres. La rabona salió a la vera del arroyo Cañipón, se fue al Teso Redondo, donde dijo que nones a los tubos, y, después de una vuelta completa, enfiló su destino y el de sus perseguidores hacia las bocas del prado del pinar, que tú mismo plantaste hace 50 años. Y se ha ido sin tocarla. ¡Ésas son las liebres de Los Villares y no las de cajón! Hoy esas mismas liebres se preguntan dónde estarás y te buscan de la Cuesta de la Culebra al arroyo Cañipón y hasta en los caños miran, y suben hasta el Teso Redondo, creyendo que al estar más cerca de las estrellas y de Dios, desde allí podrán divisarte mejor. Pero ni por esas. En esta gélida noche de invierno castellano, de Cantalapiedra llega el ulular de los galgos que hoy rasga el viento escarchado con su lamento por el amo que se fue. Y hoy, en el destierro manchego, tus compañeros galgueros te recordarán mientras la mano, como en tantas ocasiones lo hiciste, arranca en busca de la liebre, mientras tanto tú, en Cantalapiedra, descansarás en la tierra que primero pisaste y que tanto amaste. Serás siempre parte de esa villa castellana vieja, parte de tu familia y parte de la gran familia galguera que formaste. No lloréis señor Ventura, ni Clavijo, ni José Luis, ni Antonio, ni Juan, ni Paco, ni el resto de la cuadrilla, que Luis Igea García nos dirigirá la cacería y nos abroncará, estoy seguro, cuando la soltemos corta, o cuando los perros estén muy sucios, a pesar de decir que son nuevos. Él nos estará vigilando desde esa mano celestial junto con su hermano, con Demetrio y con Vítor y con tantos y tantos galgueros buenos que hoy ya no están con nosotros.
Me lo enseñaste todo y todo me lo diste sin pedir nada a cambio. Espero honrarte de por vida amarrado a una collera de galgos y echándola larga, como a ti te gustaba. Adiós, amigo. Adiós a mi padre galguero. Adiós a Luis Igea, un hombre de bien y un galguero extraordinario. Descansa allá donde estés.
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